miércoles, 20 de septiembre de 2017

Peregrinación de Sacerdotes y Fieles del Distrito de América del Sur, FSSPX.

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Peregrinación de Sacerdotes y Fieles del Distrito de América del Sur, 
de la Fraternidad Sacerdotal San Pío X Roma
Misa Solemne celebrada en la 
Basílica de San Marcos, Roma, 
por el Padre Mario Trejo, 
el 30 de agosto de 2017.
Créditos: Don Enrique Barrio.

martes, 19 de septiembre de 2017

lunes, 18 de septiembre de 2017

S. Josephi de Cupertino Confessoris ~ III. classis


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Orémus.
Deus, qui ad unigénitum Fílium tuum exaltátum a terra ómnia tráhere disposuísti: pérfice propítius; ut, méritis et exémplo seráphici Confessóris tui Ioséphi, supra terrénas omnes cupiditátes eleváti, ad eum perveníre mereámur:
Qui tecum vivit et regnat in unitate Spiritus Sancti Deus per omnia saecula saeculorum. 
R. Amen.

domingo, 17 de septiembre de 2017

Dominica XV Post Pentecosten III. Septembris ~ Semiduplex Dominica minor Commemoratio: Impressionis Stigmatum S. Francisci

Orémus.
Ecclésiam tuam, Dómine, miserátio continuáta mundet et múniat: et quia sine te non potest salva consístere; tuo semper múnere gubernétur.
Per Dominum nostrum Jesum Christum, Filium tuum: qui tecum vivit et regnat in unitate Spiritus Sancti Deus, per omnia saecula saeculorum. 
R. Amen.

Orémus.
Commemoratio Impressionis Stigmatum S. Francisci
Dómine Jesu Christe, qui, frigescénte mundo, ad inflammándum corda nostra tui amóris igne, in carne beatíssimi Francísci passiónis tuæ sacra Stígmata renovásti: concéde propítius; ut ejus méritis et précibus crucem júgiter ferámus, et dignos fructus poeniténtiæ faciámus:
Qui vivis et regnas cum Deo Patre, in unitate Spiritus Sancti, Deus, per omnia saecula saeculorum. 
R. Amen.

domingo, 10 de septiembre de 2017

Dominica XIV Post Pentecosten II. Septembris ~ Semiduplex Dominica minor Commemoratio: S. Nicolai de Tolentino Confessoris

Orémus.
Custódi, Dómine, quǽsumus, Ecclésiam tuam propitiatióne perpétua: et quia sine te lábitur humána mortálitas; tuis semper auxíliis et abstrahátur a nóxiis et ad salutária dirigátur.
Per Dominum nostrum Jesum Christum, Filium tuum: qui tecum vivit et regnat in unitate Spiritus Sancti Deus, per omnia saecula saeculorum. 
R. Amen.

Orémus.
Commemoratio S. Nicolai de Tolentino Confessoris
Adesto Domine supplicationibus nostris quas in beati Nicolai Confessoris tui solemnitate deferimus: ut qui nostrae justitiae fiduciam non habemus, ejus qui tibi placuit, precibus adjuvemur.
Per Dominum nostrum Jesum Christum, Filium tuum: qui tecum vivit et regnat in unitate Spiritus Sancti Deus, per omnia saecula saeculorum. 
R. Amen.

sábado, 9 de septiembre de 2017

Calendario Temporal y Fiestas Móviles

Según las rúbricas del Papa San Pío X 
para el calendario universal de la Iglesia Católica Romana 
(no considera las variaciones nacionales)
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viernes, 8 de septiembre de 2017

La verdad sobre la Comunión en la mano (VI)

¿Ministro Extraordinario o Ministro Eucarístico?

Los términos “ministro laico” y “ministro eucarístico” han sido usados bastante imprecisamente hasta este momento, y esa es la terminología que se encuentra a menudo en los boletines parroquiales. En la actualidad, ya no existe el término “ministro eucarístico”, el término apropiado es “ministro extraordinario”. Cuando se trata de los Sacramentos, “ministro extraordinario” es la terminología clásica. Por ejemplo, el “ministro ordinario” de la Confirmación en el Rito Romano es el obispo, y el “ministro extraordinario” es el sacerdote delegado específicamente por el obispo en circunstancias extraordinarias. Así, si las palabras significan algo, como señaló Michael Davis, un ministro extraordinario debería ser algo extraordinario de ver. No solo raramente deberíamos ver uno, sino que deberían ser muchos los católicos que pasaran su vida sin haber visto un ministro extraordinario. Pero hoy, no hay nada extraordinario acerca de los ministros extraordinarios. Son tan ordinarios y parte integrante de la moderna Iglesia como los misales y la cesta de la colecta. Ese es claramente un calculado abuso de la terminología clásica, usada para introducir una novedad en la Nueva Misa, que no tiene fundamentación en la Historia de la Iglesia o en la práctica católica. El 29 de enero de 1973, la Sagrada Congregación para el Culto Divino publicó una Instrucción llamada Immensae Caritatis, que autorizó la introducción de los Ministros Extraordinarios de la Eucaristía. Ese documento no otorga ningún indulto revolucionario a las parroquias para permitir a los laicos administrar la Comunión, sino que autoriza el uso de ministros extraordinarios en “casos de genuina necesidad”, los que están listados como sigue:
1. Cuando no hay sacerdote, diácono o acólito.
2. Cuando estos están impedidos de administrar la Santa Comunión a causa de otro ministerio pastoral, por enfermedad o edad avanzada.
3. Cuando el número de los fieles que pidan la Santa Comunión sea tal que la celebración de la Misa o la distribución de la Eucaristía fuera de la Misa pudiera ser excesivamente prolongada."
La Instrucción estipula que: “Como estas facultades se otorgan para el bien espiritual de los fieles y para casos de genuina necesidad, los sacerdotes deben recordar que ellos no están por eso excusados de la tarea de distribuir la Eucaristía a los fieles que la pidan legítimamente, de llevarla y de darla a los enfermos”. Primero, este no es un acto de deslealtad o desobediencia a la cuestión de la sabiduría del documento en primer lugar, particularmente cuando este permiso es una revolución contra todas la rúbricas que existieron por siglos – rúbricas que existieron por razones de reverencia, en salvaguarda de la profanación y que fueron materia de sentido común católico. Pero incluso, tomando este documento a pies juntillas, es difícil imaginar circunstancias que pudieran justificar el uso de Ministros Extraordinarios fuera de tierras de misión. Los “Ministros Eucarísticos” de hoy operan verdaderamente en desafío de normas vaticanas ya existentes.

jueves, 7 de septiembre de 2017

La verdad sobre la Comunión en la mano (V)

Los Ministros Extraordinarios

En su best-seller, The Last Roman Catholic?, James W. Demers dijo: "De los responsables por la falta de belleza en la Iglesia, ninguno es más culpable que los ministros laicos de hoy. La conducta fuera de lugar de estos laicos superficialmente entrenados introduce en el santuario una pomposidad que es tan desconcertante como deplorable de observar”. Los laicos dando la Santa Comunión durante la Misa hubiera sido considerado un acto impensable de sacrilegio e irreverencia hace solo 35 años, y durante los siglos precedentes. Pero ahora, los laicos administrando el Santísimo Sacramento son cosa habitual de ver regularmente en las iglesias parroquiales del Novus Ordo, y muchos católicos no lo ven mal, probando que los hombres pueden volverse insensibles a la profanación. Parece que hubieran salido de la nada. ¡De repente, ya estaban allí! ¿Y de dónde aparecieron?, ¡Aparecieron de la nada! Pero si se piensa detenidamente, hay algunos pasos que debemos analizar para poder observar el desarrollo que sentó las bases para que esta plaga de manos sin consagrar, comisionadas por los pastores para degradar la Eucaristía, usurpe el deber de los que recibieron las Órdenes Sagradas, socave el sacerdocio, y despoje al altar de Dios de sus derechos sagrados. El Obispo Fulton Sheen escribió una vez que tanto los hombres como las mujeres son esclavos de la moda, pero con esta diferencia ... si las mujeres son esclavas de la moda en el vestir, los hombres son esclavos de la moda en el pensar. Y de la manía y de la moda, que fueron el orgullo y la alegría de muchos hombres de Iglesia post-Vaticano II, bajo el pretexto de volver a la Iglesia más “participativa”, surgió la idea de involucrar a los laicos en la liturgia. Los laicos comenzaron a leer la Epístola, y el nuevo responsorio de salmos. Condujeron las tediosas “Oraciones de los Fieles” – “Oremos al Señor, Señor escucha nuestra oración”, e incluso nos dieron la bienvenida por el micrófono antes de la Misa, deseándonos los “buenos días”, diciéndonos qué himnos se cantarían y qué Plegaria Eucarística le apetecía ese día al Padre. El santuario se convirtió en un escenario, y ya no existiría el monólogo de un hombre. Cuanto más grande el reparto, mejor, y el drama cautivante de la Misa se volvió un show de aficionados. El sacerdote, un hombre que había sido llamado por Dios y especialmente instruido en el estudio y la dispensación de los sagrados misterios, debió apartarse, voluntariamente o de mala gana, para permitir que aficionados inhabilitados de tiempo compartido y fuera de lugar, invadieran y profanaran su sagrado dominio del santuario y del altar. Pero los lectores laicos dentro de la Nueva Misa no fue lo único. Los ministros laicos del Santísimo Sacramento no hubieran sido posibles sin la revolución en las rúbricas que la precedieron: la práctica y la amplia aceptación de los laicos recibiendo la Sagrada Eucaristía en sus palmas. El oficio del ministro eucarístico es, de tal manera, la progenie ilegítima de la unión de los “laicos comprometidos” de la Nueva Liturgia y la Comunión en la mano conviviendo en la nueva Iglesia. Es el hijo amado de la revolución de los años 60.

¡Todos en acción!

Podemos estar seguros que hubo muchos católicos deseosos de formar parte de esa “élite laica” que distribuye la Santa Comunión, aunque también hubo otros, cuyo buen sentido se opuso inicialmente a esa práctica, pero que eventualmente permitieron ser disuadidos por persuasivos hombres de Iglesia. La mejor táctica usada por el clero moderno fue recurrir a la adulación... aproximándose a los buenos hombres y mujeres católicos diciéndoles, “Ustedes son buenos miembros de la parroquia, cristianos ejemplares, buenos padres y madres, por esa razón, nosotros queremos conferirles el ‘honor’ de ser Ministros Eucarísticos”. Entonces, ¿qué hicieron? Aceptaron la distribución del Cuerpo de Cristo, algo tan sagrado que solo corresponde al sacerdote, y lo aceptaron infantilmente como un premio por su buena conducta: como una medalla al mérito que podría darse a un scout novato por nadar un kilómetro o construir una tienda de indios, o como una estrella que podría ser colocada en la frente de una niña de tercer grado porque fue la única que pudo deletrear correctamente “Checoslovaquia". Si para adorar a Nuestro Señor los Ángeles se aproximan doblando las rodillas, más que eso deberíamos hacer nosotros. Se está disfrazando como un premio lo que los buenos y humildes de la parroquia aceptan a regañadientes, aunque luego se acostumbran. O es una posición codiciada por el orgullo y la pompa en la parroquia, mostrándose por eso incapaces de reconocer ese falso y trivial prestigio.

miércoles, 6 de septiembre de 2017

La verdad sobre la Comunión en la mano (IV)

Comenzó como un desafío y se perpetuó mediante el engaño

La Comunión en la mano, que comenzó por desobediencia, no se perpetuó solamente por el engaño. El espacio no permite dar todos los detalles, pero la propaganda de los años 70 que se usó para vender la Comunión en la mano a la gente confiada y vulnerable, fue una campaña de calculadas medias-verdades que no contaron toda la historia. Un rápido ejemplo se puede encontrar en los escritos de Monseñor Champlin, de los cuales proporcionamos a continuación una sinopsis:
1. Dio al lector la falsa impresión que el Vaticano II emitió un mandato para el abuso cuando en realidad ni siquiera se encuentra insinuado en ningún documento conciliar.
2. No le mencionó al lector que la práctica fue iniciada por clérigos en desafío de la ley litúrgica establecida, sino que hizo parecer como si hubiera sido un pedido de los laicos.
3. No puso en claro a los lectores que los obispos del mundo, cuando fueron consultados, votaron abrumadoramente en contra de la Comunión en la mano.
4. No mencionó que la permisión fue solo una tolerancia del abuso cuando éste ya se había instalado en 1969. No fue una luz verde para propagarlo a otros países, como los Estados Unidos.

Una cuestion "no optativa" para el clero

Ahora llegamos al punto en que la Comunión en la mano está vista como una forma superior de recibir la Eucaristía y la inmensa mayoría de nuestros niños está siendo mal instruida para que reciba la Primera Comunión en la mano. A los fieles se les dijo que esta era una práctica optativa, y que si a ellos no les gustaba, podían recibirla en la lengua. La tragedia de todo esto es que si es opcional para los laicos, en la práctica no lo es para el clero. Los sacerdotes están falsamente instruidos de que deben administrar la Comunión en la mano, les guste o no, a quien quiera que la pida, arrojando por eso a muchos buenos sacerdotes a una angustiosa crisis de conciencia. Después del Concilio Vaticano Segundo, un muy sabio Arzobispo observó que el golpe maestro de Satanás fue sembrar la desobediencia a la Tradición Católica por medio de la obediencia. Es obvio que ningún sacerdote puede ser legalmente forzado a administrar la Comunión en la mano, y nosotros debemos rezar para que más sacerdotes tengan el coraje de salvaguardar la reverencia debida a este Sacramento, y no sean trampeados con la falsa obediencia que les hace cooperar en la degradación de Cristo en la Eucaristía. Deben reunir la valentía para oponerse a esta novel práctica, recordando que incluso el Papa Paulo VI, a pesar de su debilidad, predijo correctamente que la Comunión en la mano llevaría a la irreverencia y a la profanación de la Eucaristía, y a una gradual erosión de la correcta doctrina – y nosotros hemos visto que esa profecía se ha cumplido.  Y, si la oposición de los sacerdotes a la Comunión en la mano debiera ser ardiente y firme, su oposición a los “Ministros Extraordinarios” debería ser aún más inflexible.

martes, 5 de septiembre de 2017

La verdad sobre la Comunión en la mano (III)

Gracias al ecumenismo...

Aunque la Comunión en la mano no fue mandada por el Concilio Vaticano II, lo que fue “canonizado” por el Vaticano II fue el “Ecumenismo” – ese falso espíritu de fingida unidad que había sido anteriormente condenado por la Iglesia, particularmente por el Papa Pío XI en 1928 en su encíclica Mortalium Animos – ese movimiento de católicos que se está volviendo más compadre y va del brazo con las otras religiones, y especialmente con los protestantes. Ese movimiento exagera aquellas cosas que supuestamente tenemos en común con otros credos, y calla aquellas cosas que nos dividen; para celebrar nuestros “valores” compartidos. (“Valores” es un término subjetivo que usted no encontrará en los manuales de teología previos al Vaticano II). Ya no tratamos de convertir a los no-católicos. En su lugar, nosotros entablamos “diálogos” interminables e inútiles en los cuales el Catolicismo siempre sale perdedor por tal diálogo y dan la impresión inequívoca que el Catolicismo ya no cree que es el poseedor de la verdad teológica. Aunque el Ecumenismo no será tratado en este artículo, alcanza decir que este novel espíritu ecuménico, que Dietrich von Hildebrand llamó “ECUMANIA”, se volvió desenfrenado durante y después del Vaticano II. El espíritu ecuménico se convirtió en el principio formativo primario de todo el rango de las nuevas formas litúrgicas establecidas desde el Concilio. Es por eso que la nueva liturgia se parece tanto a un servicio protestante.
Después del Vaticano II, algunos sacerdotes holandeses de mentalidad ecumenista comenzaron a dar la Comunión en la mano, imitando como los monos la práctica protestante. Pero los obispos, más que cumplir con su deber, lo toleraron. Como los jerarcas de la Iglesia permitieron que el abuso avanzara sin obstáculos, la práctica se extendió a Alemania, Bélgica y Francia. Pero si los obispos parecieron indiferentes a este escándalo, los laicos fueron agraviados. Fue la indignación de gran número de fieles la que apuntó a Paulo VI para que actuara, quien sondeó a los obispos del mundo sobre la cuestión, y estos votaron abrumadoramente por conservar la práctica tradicional de recibir la Santa Comunión solo en la lengua. Debe hacerse notar que en ese entonces, el abuso estaba limitado a unos pocos países de Europa y no había comenzado aún en los Estados Unidos.

Memoriale Domini

El 28 de mayo de 1969, el Papa promulgó la Instrucción Memoriale Domini. En resumen, el documento afirma que:
1) Los obispos de todo el mundo estuvieron abrumadoramente en contra de la Comunión en la mano.
2) Debe conservarse la forma tradicional de dar la Santa Comunión (esto es, el sacerdote colocando la Hostia sobre la lengua de los comulgantes).
3) La Comunión en la lengua de ninguna manera disminuye la dignidad del comulgante.
4) "Cualquier violación podría conducir a la irreverencia y a la profanación de la Eucaristía, tanto como a la erosión gradual de la correcta doctrina”.
5) El Supremo Pontífice juzgaba que la antigua forma de administrar la Sagrada Comunión a los fieles no debía cambiarse. La Sede Apostólica, por lo tanto, urgía a los obispos, sacerdotes y pueblo a observar celosamente esta ley.”.

Luz roja y luz verde simultáneas 

Uno debe preguntarse entonces, ¿si esta Instrucción está en el papel, por qué la Comunión en la mano está tan extendida? Puede ilustrarse la situación con la historia de la respuesta de los obispos canadienses a la Humanae Vitae,  la cual reafirmó debidamente la enseñanza de la Iglesia contra la contracepción. Pero cuando fue promulgada, hubo una marea de oposición por parte de los sacerdotes católicos y de los médicos. Los obispos canadienses escribieron una carta pastoral supuestamente apoyando dicha encíclica, pero en ese documento los obispos usaron esta curiosa frase: “normas para un disenso lícito”. Esta frase da la impresión que podría haber lugar para que los católicos rechazaran legítimamente la Humanae Vitae. Así, sabiéndolo o no, sabotearon su propia carta pastoral, dando simultáneamente luz roja y luz verde al rechazo de la encíclica papal. Luego, que un vasto número de católicos rechazara la mencionada encíclica basándose en la carta de los obispos canadienses, resultó apenas sorprendente. Aún los padres más mediocres son lo suficientemente sagaces para no dar a sus hijos la opción de aceptar o rechazar las ordenes paternas. Hacer eso sería un claro signo de debilidad y de liderazgo vacilante. Pero desafortunadamente, eso fue lo que ocurrió con el documento supuestamente anti-Comunión en la mano de 1969. Esta fue la época del compromiso, y el documento contenía la semilla de su propia destrucción, porque la Instrucción decía que donde el abuso ya se hubiera establecido firmemente, podría ser legalizado con una mayoría de dos tercios en una votación secreta de la conferencia nacional de los obispos (a condición de que la Santa Sede confirmara su decisión). Esto cayó en manos de los liberales. Y debemos notar que la instrucción decía “donde el abuso ya se hubiera establecido”. Así, países donde la práctica no se hubiera desarrollado, fueron, obviamente, excluidos de la concesión – y todos los países anglo-parlantes, incluyendo los Estados Unidos, cayeron en esa categoría. Naturalmente, el clero liberal de otros países concluyó que si esa rebelión podía ser legalizada en Holanda, podía ser legalizada en cualquier parte. Ellos imaginaron que si ignoraban la Encíclcia Memoriale Domini y desafiaban la ley litúrgica definida de la Iglesia, esa rebelión no sólo sería tolerada, sino eventualmente legalizada. Eso es exactamente lo que ocurrió, y es por eso que hoy en día tenemos la Comunión en la mano.

lunes, 4 de septiembre de 2017

La verdad sobre la Comunión en la mano (II)

La reverencia hacia la Eucaristía en la Antigua Misa

La enseñanza que solo los sacerdotes pueden tocar la Sagrada Hostia, que las manos del sacerdote están consagradas para ese propósito, y que ninguna precaución fue demasiado grande para salvaguardar la reverencia y evitar la profanación, había sido incorporada en la liturgia de la Iglesia; eso es, en la Antigua Misa en latín. Los sacerdotes fueron instruidos en la Antigua Misa en latín a celebrarla con rúbricas precisas que salvaguardan la merecida reverencia al Santísimo Sacramento. Estas meticulosas rúbricas fueron grabadas en piedra y nunca fueron opcionales. Todos y cada uno de los sacerdotes del Rito Romano debieron seguirlas con precisión inflexible. En la Iglesia pre-Vaticano II, cuando la Misa Tridentina en latín era la norma, los hombres entrenados para ser sacerdotes no solo fueron instruidos, sino ejercitados en esas rúbricas. Algunas rúbricas en la Antigua Misa en latín son como sigue:
1. Desde el momento en que el sacerdote pronuncia las palabras de la Consagración sobre la Sagrada Hostia, conserva el dedo índice y el pulgar juntos, y cuando eleva el cáliz, vuelve las hojas del misal o abre el sagrario, su pulgar e índice no se separan, no tocan nada sino la Sagrada Hostia. También es digno de notar que nunca se deja la Sagrada Hostia sobre el altar para caminar por las naves de la iglesia (especialmente antes que los dedos hayan sido purificados), para dar la mano a la gente en una muestra torpe de forzada familiaridad.
2. Sobre el fin de la Misa, el sacerdote raspa el corporal con la patena, y la limpia dentro del cáliz para que si hubiera quedado la menor partícula, se recogiera y consumiera reverentemente.
3. Los dedos del sacerdote se lavan sobre el cáliz con agua y vino, luego de la Comunión, para ser consumidos reverentemente, para asegurar que la menor partícula no sea susceptible de profanación. Estas son solo algunas de las rúbricas incorporadas a la Antigua Misa. Estos no son escrúpulos absurdos, sino que mostraron que la Iglesia creyó con certeza que en la Misa, el pan y el vino se convertían verdaderamente en el Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Jesucristo, y que ningún cuidado fue lo suficientemente grande para estar seguros que Nuestro Señor, en el Santísimo Sacramento, sea tratado con toda la reverencia y el homenaje que merece Su Majestad. Ahora, cuando se trata de mostrar reverencia, ¿es posible que estas rúbricas no sean cultivadas?
Una verdadera renovación católica debería, o dejar intactos estos gestos de reverencia, o aumentarlos. Pero eliminarlos sin explicación y sin argumentos convincentes, como ha sido el caso durante los últimos 30 años con la introducción de la Nueva Misa, no es signo de renovación católica genuina, sino que se aproxima al neo-paganismo del que nos advirtiera Belloc, y a su desprecio arrogante por la Tradición. Y para agregar insulto a la injuria, la introducción de la Comunión en la mano hace que todas estas rúbricas cruciales del pre-Vaticano II parezcan sentimentalismos supersticiosos sin ningún fundamento en la realidad – nuevamente, desprecio por lo que nos enseñaron nuestros padres y obvio desprecio por el Santísimo Sacramento mismo.

¿Cómo apareció la Comunión en la mano?

Hace 400 años fue introducida la comunión en la mano en el culto “cristiano” por hombres cuyos motivos estaban animados por el desafío al catolicismo. Los protestantes revolucionarios del Siglo XVI (más cortésmente, pero inmerecidamente llamados protestantes “reformadores”) re-establecieron la comunión en la mano como un medio de mostrar dos cosas:
1. Que ellos creían que no había tal “transubstanciación” y que el pan usado para la comunión era solo pan corriente. En otras palabras, que la Presencia Real de Jesucristo en la Eucaristía era solo una “superstición papista”, y que el pan es solo pan y cualquiera puede manejarlo.
2. Su creencia en que el ministro de la comunión no es en nada fundamental diferente de un laico.
Pero es enseñanza católica que el Sacramento del Orden da a un hombre un poder espiritual, sacramental, que imprime una marca indeleble en su alma y lo hace fundamentalmente diferente de los laicos. El ministro protestante, por lo tanto, es solo un hombre ordinario que dirige los himnos, lee las lecciones y da sermones para mover las convicciones de los creyentes. Él no puede cambiar el pan y el vino en el Cuerpo y la Sangre de Nuestro Señor, él no puede bendecir, él no puede perdonar los pecados. Él no puede hacer nada de lo que un hombre normal no pueda hacer. El establecimiento de la comunión en la mano por los protestantes fue su forma de mostrar su rechazo por la creencia en la Presencia Real de Cristo en la Eucaristía, su rechazo del Sacerdocio Sacramental – en suma, de mostrar su rechazo por el Catolicismo en conjunto. Por ese motivo, la Comunión en la mano cobró un significado distintivamente anti-católico. Fue una práctica reconocidamente anti-católica arraigada en la incredulidad en la Presencia Real de Cristo y en el sacerdocio. Así, si la imitación es la forma más sincera de la adulación, no es exagerado preguntar ¿por qué nuestros modernos hombres de iglesia imitan a los autoproclamados infieles que rechazan la esencia sacramental de las enseñanzas del Catolicismo? Esta es una pregunta que esos hombres de Iglesia, intoxicados por el espíritu liberal del Vaticano II aún deben contestar satisfactoriamente.
Tomado de fsspx.mx

domingo, 3 de septiembre de 2017

Dominica XIII Post Pentecosten I. Septembris ~ Semiduplex Dominica minor Commemoratio: S. Pii X Papae Confessoris

Resultado de imagen para san pio x
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Orémus.
Commemoratio S. Pii X Papae Confessoris
Deus, qui ad tuéndam cathólicam fidem, et univérsa in Christo instauránda sanctum Pium, Summum Pontíficem, cælésti sapiéntia et apostólica fortitúdine replevísti: concéde propítius; ut, ejus institúta et exémpla sectántes, praemia consequámur ætérna.
Per eundem Dominum nostrum Jesum Christum filium tuum, qui tecum vivit et regnat in unitate Spiritus Sancti, Deus, per omnia saecula saeculorum. 
R. Amen.

sábado, 2 de septiembre de 2017

La verdad sobre la Comunión en la mano (I)

“Por reverencia a este Sacramento, nada lo toca sino lo que está consagrado” ... Santo Tomás de Aquino
A lo largo de los siglos, nuestros padres nos han hablado sobre nuestra Fe y sobre el Santísimo Sacramento. Nuestros padres nos dijeron que la Sagrada Eucaristía es el verdadero Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Jesucristo. Los Padres del Concilio de Trento definieron el Santísimo Sacramento con precisión y cuidado. Santo Tomás de Aquino nos enseñó que por reverencia a este Sacramento, tocarlo y administrarlo corresponde solamente al sacerdote. Nuestros padres en el hogar, tanto como las Hermanas en nuestra escuela, nos enseñaron que era sacrílego para cualquiera, salvo para el sacerdote, tocar la Sagrada Hostia. A lo largo de los siglos, los Papas, obispos y sacerdotes nos enseñaron lo mismo, no tanto con palabras sino por el ejemplo, y especialmente por la celebración de la Antigua Misa en Latín, donde la profunda reverencia por el Santísimo Sacramento como verdadero Cuerpo de Cristo estaba en cada movimiento que hacía el sacerdote. Nuestros padres nos enseñaron estas cosas no por transmitirnos una venerada tradición sin fundamentos, ellos nos han enseñado estas cosas con la palabra y el ejemplo, para mostrarnos fidelidad a la Fe Católica y reverencia hacia el Santísimo Sacramento. Nuestros padres nos dijeron esto porque era la verdad.
Pero la introducción de la Comunión en la mano y de los ministros laicos de la Eucaristía muestra un descuido arrogante por lo que nos enseñaron nuestros padres. Y aunque estas prácticas han sido introducidas con el pretexto de ser una “auténtica” evolución mandada por el Vaticano II, la verdad es que la Comunión en la mano no es una auténtica evolución, no fue mandada por el Concilio Vaticano Segundo, y muestra ante nosotros un absoluto desafío y desprecio por siglos de enseñanza y práctica católicas. La Comunión en la mano fue introducida so capa de un falso ecumenismo, que pudo crecer debido a debilidad en la autoridad, aprobada por compromiso y por un falso sentido de tolerancia, y ha llevado a una profunda irreverencia e indiferencia hacia el Santísimo Sacramento como el lugar común del abuso litúrgico y deshonra de nuestra época.

No se menciona en ningún lugar del Concilio Vaticano II

En los dieciséis documentos del Vaticano II, no hay ninguna mención de la Comunión en la mano, y no fue mencionada durante ninguno de los debates durante el Concilio. Antes del Concilio Vaticano Segundo, no hay registro histórico de obispos, sacerdotes o laicos pidiendo a nadie la introducción de la Comunión en la mano.
Absolutamente lo contrario, cualquier persona educada en la Iglesia del pre-Vaticano II recordará claramente que se le enseñó que era sacrílego que cualquiera tocara la Sagrada Hostia, salvo el sacerdote. La enseñanza de Santo Tomás de Aquino, en su gran Summa Teológica, lo confirma. Así lo explica:
La administración del Cuerpo de Cristo corresponde al sacerdote por tres razones:
Primera, porque él consagra en la persona de Cristo. Pero como Cristo consagró Su Cuerpo en la (Ultima) Cena, así también Él lo dio a otros para ser compartido con ellos. En consecuencia, como la consagración del Cuerpo de Cristo corresponde al sacerdote, igualmente su distribución corresponde a él.
Segunda, porque el sacerdote es el intermediario designado entre Dios y el pueblo, por lo tanto corresponde a él ofrecer los dones del pueblo a Dios. Así, corresponde a él distribuir al pueblo los dones consagrados.
Tercera, porque por reverencia a este Sacramento, nada lo toca sino lo que está consagrado, ya que el corporal y el cáliz están consagrados, e igualmente las manos del sacerdote para tocar este Sacramento. Por lo tanto, no es lícito para nadie más tocarlo, excepto por necesidad, por ejemplo si hubiera caído en tierra o también el algún otro caso de urgencia.” (Summa, III, Q. 82, Art. 13) 
Santo Tomás, quien es el príncipe de los teólogos en la Iglesia Católica, quien se destaca por sobre todo el resto, cuya Summa Teológica fue puesta en el altar al lado de las Escrituras durante el Concilio de Trento, y de cuya enseñanza San Pío X dijo que era el remedio contra el Modernismo... Santo Tomás enseña claramente que corresponde al sacerdote y solo al sacerdote tocar y administrar la Sagrada Hostia, porque “solo lo que está consagrado” (las manos del sacerdote) “podría tocar lo Consagrado (la Sagrada Hostia)”. Note la reverencia y el amor por Jesucristo en el Santísimo Sacramento, y la antigua costumbre de colocar un mantel de puro hilo sobre las manos de los comulgantes.
La controversia rodea la pretensión que la comunión en la mano fue practicada en la Iglesia primitiva. Hay algunos que afirman que fue practicada hasta antes del Siglo VI e incluso citan un pasaje de San Cirilo para pretender justificar esa aserción. Otros sostienen que nunca fue una costumbre católica, aunque la comunión en la mano fue practica en forma limitada en la Iglesia primitiva, e institucionalizada y difundida por los arrianos como signo de su rechazo a reconocer la Divinidad de Jesucristo. La misma escuela de pensamiento sostiene también que la cita de San Cirilo es de erróneos orígenes arrianos apócrifos. Cualquiera fuera el caso, es claro que la comunión en la lengua es de origen apostólico (eso es, enseñada por el mismo Cristo); la comunión en la mano fue condenada como un abuso por el Sínodo de Rouen en el a.D. 650, y además la práctica de la comunión en la mano nunca fue reflejada en las obras de arte de ningún período, tanto en el Oriente como en el Occidente... esto es, hasta después del Concilio Vaticano II.

viernes, 1 de septiembre de 2017

¿Cuál es el problema con la Nueva Misa?

Notas preliminares:
a) La crítica al “nuevo rito” no puede ser una crítica a la misa en sí misma, pues ésta es el verdadero sacrificio de Nuestro Señor legado a su Iglesia, sino un examen sobre si se trata de un rito o ceremonial conveniente para encarnar y realizar este augusto sa­crificio. (Nótese que la validez de una misa y la conveniencia de su rito son dos cuestiones diferentes, como resulta evidente en el caso de una misa negra.)
b) Es difícil, para quienes sólo han conocido la Nueva Misa, comprender de qué se han visto privados, y asistir a la Misa “latina” a menudo les parece demasiado lejano. Para ver diáfanamente de qué se trata, es necesario comprender con claridad las verdades definidas de nuestra Fe sobre la Misa. Sólo con esta luz puede valorarse un rito de la Misa.

¿Qué es la nueva misa?

Respondamos contemplando sus cuatro causas, como dirían los filósofos: causa intrínseca material (¿cuáles son sus elementos?), causa intrínseca formal (¿cuál es su naturaleza?), causa extrínseca final (¿cuál es su finalidad?) y causa extrínseca eficiente (¿cuál es su autor?).

a) Causa intrínseca material

¿De qué elementos consta el Novus Ordo de la Misa? Algunos son católicos: sacerdote, pan y vino, genuflexiones y signos de la Cruz, etc. Pero algunos son protestantes: una mesa, utensilios de uso común, comunión bajo las dos especies y en la mano, etc.

b) Causa intrínseca formal

El Novus Ordo Missae asume estos elementos heterogéneos formando una liturgia para una religión modernista que casaría a la Iglesia con el mundo, el catolicismo con el protestantismo, la luz y las tinieblas.
En efecto, la Nueva Misa se presenta a sí misma como:
– una comida, lo cual se aprecia por el uso de una mesa, alrededor de la cual se reúne el pueblo de Dios, ofreciendo pan y vino y tomando la comunión de vasijas vulgares, a menudo bajo las dos especies, y normalmente en la mano. Nótese también la casi completa desaparición de las referencias al sacrificio;
– la narración de un acontecimiento pasado, en voz alta, por parte de quien preside, que narra las palabras de Nuestro Señor como leídas en la Escritura, más que pronunciando una fórmula sacramental, y que no se arrodilla hasta haber mostrado la Sagrada Forma al pueblo;
– una asamblea, en la cual Cristo está tal vez moralmente presente, pero físicamente ignorado. El celebrante mira al pueblo desde donde debería estar el tabernáculo, que se pone en un lado. Justo después de la consagración, todos aclaman a quien se pide que venga; los vasos sagrados ya no están sobredorados; se ignoran las partículas sagradas: el sacerdote ya no une los dedos índice y pulgar, los vasos no están purificados, y con frecuencia la comunión se da en la mano; se reducen mucho las genuflexiones del sacerdote y el tiempo en que los fieles están arrodillados; los fieles asumen funciones que siempre correspondieron al sacerdote.
Más aún, la Nueva Misa se define a sí misma como:
la sagrada sinaxis o asamblea del pueblo de Dios reunido en común, bajo la presidencia del sacerdote, para celebrar el memorial del Señor" (Institutio Generalis, n. 7 del Misal Romano, 1969).

c) Causa extrínseca final

¿Cuál es la finalidad de esta nueva misa como rito?
La intención de Pablo VI  res­pecto a lo que comúnmente se denomina la Misa, era reformar la liturgia católica de  modo que casi coincidiese con la liturgia protestante (…) Pablo VI tenía la intención ecuménica de quitar, o al menos corregir, o al menos suavizar en la misa, todo lo que fuera demasiado católico en el sentido tradicional, para que la misa católica, repito, estuviese más próxima a la misa calvinista".1
Cuando comencé a trabajar en esta trilogía, yo estaba preocupado por hasta qué punto se estaba protestantizando la liturgia católica. Cuanto más detallado es mi estudio sobre la Revolución, más evidente me parece que ha sobrepasado el protestantismo y que su meta final es el humanismo".2
Esta última es una evolución lógica, si consideramos los cambios realizados, los resultados obtenidos y las tendencias de la moderna teología, incluida la del Papa.

d) Causa extrínseca eficiente

¿Quién hizo la Nueva Misa?
Es la invención de una comisión litúrgica, el Consilium, cuya luz y guía fue Mons. Annibale Bugnini (premiado en 1972 con un arzobispado por sus servicios), y de la cual  también formaban parte como expertos seis protestantes. Mons. Bugnini (principal autor de la constitución conciliar Sacrosanctum Concilium) tenía sus propias ideas sobre la participación del pueblo en la liturgia, y los consejeros protestantes tenían sus propias (y heréticas) ideas sobre la esencia de la misa.
Pero aquel cuya autoridad impuso el Novus Ordo Missae es Pablo VI, que lo promulgó con la constitución Missale Romanum (03-04-1969)… ¿o no la promulgó? En primer lugar, la versión original de Missale Romanum, firmada por Pablo VI, no menciona la obligatoriedad del Novus Ordo Missae, ni cuándo comenzaría ésta; en segundo lugar, las traducciones de la constitución traducen mal cogere et efficere [resumir y extraer como conclusión] por "dar fuerza de ley"; y en tercer lugar, la versión del Acta Apostolicae Sedis añade un párrafo “ordenando” el nuevo misal, pero en un tiempo verbal equivocado (pretérito), diciendo "hemos ordenado [praescripsimus]", es decir, refiriéndose a una obligación pasada (no promulgada)… ¡y nada más en el Missale Romanum prescribe, en todo lo demás permite!
Es verdad que Pablo VI quiso este misal, pero lo impuso de una forma dudosamente regular.

Juicio sobre la Nueva Misa

Teniendo en cuenta la Nueva Misa en sí misma, sólo con el texto oficial latino delante de sus ojos, los cardenales Ottaviani y  Bacci pudieron escribirle a Pablo VI:
el Novus Ordo Missae (…) se aleja de manera impresionante, en conjunto y en detalle, de la teología católica de la Santa Misa, cual fue formulada en la XXIII Sesión del Concilio de Trento" (25-09-1969).
Mons. Lefebvre concordaba plenamente con ellos cuando escribió:
la nueva Misa, aunque se diga con piedad y respeto a las normas litúrgicas (…) está impregnada de espíritu protestante. Lleva en ella un veneno perjudicial para la fe".
El ocultamiento de elementos católicos y la complacencia con los protestantes, que son evidentes en la Nueva Misa, la convierten en un peligro para nuestra fe, y en cuanto tal, mala en sí misma.
"Por sus frutos los conoceréis" (Mt 7, 16): se nos prometió que la Nueva Misa renovaría el fervor católico, inspiraría a los jóvenes, recuperaría a los no practicantes, y atraería a los no católicos. ¿Quién puede hoy pretender que ésos sean sus frutos? Junto con la Nueva Misa, ¿no tuvo lugar más bien una dramática caída de la asistencia a misa y de las vocaciones, una “crisis de identidad” entre los sacerdotes, un declive en la proporción de conversiones y una aceleración en las apostasías?
Por tanto, tampoco desde el punto de vista de su causa final es católica la Nueva Misa. ¿Podremos al menos decir que el Novus Ordo es católico por haber sido promulgado por el Papa? No. La  indefectibilidad de la Iglesia garantiza que el Papa no puede imponer a toda la Iglesia algo impío. Ahora bien, el Novus Ordo es impío, no está impuesto a la Iglesia (porque ésta sólo lo permite, y porque siempre puede decirse la Misa antigua: no está promulgado de forma regular, y no compromete la infalibilidad de la Iglesia. Por tanto, tal vez podamos convenir en denominarla solamente la liturgia oficial de la Iglesia Conciliar.

La validez de la Nueva Misa

Siendo esto así, ¿debemos decir que la Nueva Misa es inválida? Esto no ha sido demostrado, pero puede argüirse lo siguiente: por un lado, la Nueva Misa no está cualificada como rito católico; por otro, el celebrante debe querer hacer lo que hace la Iglesia; ahora bien, la Nueva Misa ya no garantiza por sí misma que tiene esa intención, la cual dependerá de su fe personal (generalmente desconocida para los presentes, pero más o menos dudosa a medida que avanza la crisis en la Iglesia). Por tanto, puede presumirse que estas misas son de validez dudosa, y más aún con el paso del tiempo.
Las palabras de la consagración, especialmente del vino, han sido falsificadas. ¿Se ha respetado "la sustancia de los sacramentos"? Este problema  todavía es mayor en las misas celebradas en lengua vernácula, donde pro multis [por muchos] ha sido mal traducido como por todos los hombres. Algunos arguyen que este hecho tiene tal importancia que invalida estas Misas; muchos lo niegan. Pero esto acrecienta la duda.

La asistencia a la Nueva Misa

La Nueva Misa apenas puede decirse católica, y por tanto ni es obligatoria ni basta para satisfacer la obligación dominical. Debemos tratar la cuestión de la asistencia como si se tratase de una liturgia no católica (con la importante excepción de que el Novus Ordo no ha sido declarado no católico por la autoridad competente, lo cual significa que muchos que asisten a él no son conscientes de su nocividad y están exentos de culpa). Un católico no puede asistir a él, salvo con una mera presencia física, sin  tomar parte en él positivamente, y sólo por razones familiares de fuerza mayor, como bodas, funerales, etc.

jueves, 31 de agosto de 2017

SANTO DOMINGUITO DEL VAL, MONAGUILLO MÁRTIR (Libellus Primus ex sanguis contra judeorum)

Niño monaguillo de la Seo de Zaragoza, fue crucificado por los judíos en odio de la fe, para sacarle la sangre y sorberla en el rito nefando de su Pascua. (Misal Propio de España, 31 de Agosto)

Santo Dominguito del Val crucificado (imagen de la Parroquia San Nicolás en Sevilla). 
  
Dominguito del Val nació en Zaragoza, la ciudad de la Virgen y de los Innumerables Mártires, el año 1243. Era rey de Aragón Jaime el Conquistador, vicario de Cristo en Roma, Inocencio IV, y obispo de Zaragoza, Arnaldo de Peralta. Media España estaba bajo el dominio de los moros y en cada pecho español se albergaba un cruzado.
 
Los padres de Dominguito se llamaban Sancho del Val e Isabel Sancho. Su madre era de pura cepa zaragozana, y su padre, de origen francés. El abuelo paterno había sido un esforzado guerrero a las órdenes del rey don Alfonso el Batallador. A su lado estuvo en el asedio de Zaragoza, que fue duro y prolongado. Todos los cruzados franceses se marcharon a sus casas; todos, menos uno.
"Fue nuestro antepasado -decía Sancho del Val a su hijo, siempre que le contaba la historia-. El señor del Val, hijo de la fuerte Bretaña, sufrió inquebrantable el hambre y la sed, los hielos del invierno y los fuegos del verano, las vigilias prolongadas y los golpes de las armas enemigas. Y al rendirse la ciudad, el rey le hizo rico y noble, igualándole con los españoles más ilustres".
  
Sancho del Val no siguió a su padre por el camino de las armas. Prefirió las letras. Fue tabelión o notario y su firma quedó estampada en las actas de las Cortes de Aragón, al lado de las firmas de condes y obispos.
  
Dios bendijo la unión de Sancho e Isabel dándoles un hijo que iba a ser mártir y modelo de todos los niños y, de un modo especial, de los monaguillos. Porque Santo Dominguito del Val es el patrono de los monaguillos y niños de coro. El fue infantico de la catedral de Zaragoza, vistió con garbo la sotanilla roja y repiqueteó con gusto la campanilla en los días de fiesta grande. La imagen que todos hemos visto de este tierno niño nos lo representa con las vestiduras de monaguillo. Clavado en la pared con su hermosa sotana y amplio roquete. La mirada hacia el cielo y unos surcos de sangre goteando de sus pies y manos. Una estampa de dolor ciertamente, pero, también, de valentía superior a las fuerzas de un niño de pocos años. Las nobles condiciones, especialmente su piedad, que se advertían en el niño según crecía, indujeron a los padres a dedicarlo al santuario, al sacerdocio. Cuando fue mayorcito lo enviaron a la catedral. Entonces la catedral era la casa de Dios y, al mismo tiempo, escuela. Todas las mañanas, al salir el sol, hacía Dominguito el camino que separaba el barrio de San Miguel de la Seo. Una vez allí, lo primero que hacía era ayudar a misa y cantar en el coro las alabanzas de Dios y a la Virgen.
 
Cumplido fielmente su oficio de monaguillo, bajaba al claustro de la catedral a empezar la tarea escolar. Con el capiscol o maestro de canto ensayaban los himnos, salmos y antífonas del oficio divino. La historia y la tradición nos presentan a nuestro Santo especialmente aficionado y dotado para el canto. Por algo es el patrono de los niños de coro y seises.
 
La tarea escolar incluía más cosas. Había que aprender a leer, a contar, a escribir. Los pequeños dedos se iban acostumbrando a hacer garabatos sobre las tablillas apoyadas en las rodillas. La voz del maestro se oía potente y, al acabar, las cabecitas de los pequeños escolares se inclinaban rápidamente para escribir en los viejos pergaminos lo que acababan de oír. Así un día y otro día. Al atardecer volvía a casa. Un beso a los padres, y luego a contarles lo que había aprendido aquel día y las peripecias de los compañeros.
 
Uno se resiste a creer la historia que voy a contar. Es increíble que haya hombres tan malos. Sin embargo, parece que la substancia del hecho es verdad.
 
Los judíos solían amasar los alimentos de su cena pascual con sangre de niños cristianos. La historia nos ha conservado los nombres de estas víctimas inocentes: Simón de Livolés, Ricardo de Norwick, el Niño de la Guardia y Santo Dominguito del Val.
"Oyemos decir -escribía el rey Alfonso el Sabio, en aquellos mismos días de Santo Dominguito del Val- que los judíos ficieron, et facem el día de Viernes Santo remembranza de la pasión de Nuestro Señor, furtando los niños et poniéndolos en la cruz, et faciendo imágenes de cera et crucificándolas, cuando los niños no pueden haber".
 
Los judíos eran por entonces muchos y poderosos en Zaragoza. En la sinagoga se había recordado
"que al que presentase un niño cristiano sería eximido de penas y tributos".
Y un sábado al terminar de explicar la Ley el rabino, dijo:
"Necesitamos sangre cristiana. Si celebramos sin ella la fiesta de la Pascua, Jehová podrá echarnos en cara nuestra negligencia".
 
Estas palabras fueron bien recogidas por Mosé Albayucet, un usurero de cara apergaminada y nariz ganchuda. Por su frente arrugada pasó una idea negra. Pensó en aquel niño que todos los días al oscurecer pasaba delante de su tienda. Este niño era Dominguito del Val, que volvía de la catedral a casa. A veces solo y otras con un grupo de compañeros. Con frecuencia, al cruzar el barrio judío, de tiendas obscuras y estrechas callejuelas, cantaban himnos en honor del Señor y su Santísima Madre. Seguramente los que acababan de ensayar con el capiscol de la catedral.
  
Más de una vez los había oído Mosé Albayucet y, desde la puerta de su tienda, los había amenazado con su mano. Le pareció la ocasión oportuna y prometió a sus compañeros de secta que aquel año iban a tener sangre de niño cristiano para la Pascua y bien reciente.
 
Era el miércoles 31 de agosto de 1250. El atardecer se hacía más obscuro en las estrechas callejuelas del barrio judío por donde pasaba Dominguito camino de su casa. De repente, y antes de pensarlo o poder lanzar un grito, nota que algo se le echa encima. Son las manos de Mosé Albayucet que le cubren el rostro con un manto. Le amordaza bien la boca para que no pueda gritar y le mete de momento en su casa. Las garras de la maldad acaban de hacer su presa.
  
Aquella misma noche es trasladado el inocente niño a la casa de uno de los rabinos principales. Allí están los príncipes de la sinagoga. Dominguito tiembla de miedo ante aquellos rostros astutos y malvados. Sus manos aprietan la cruz que pende de su pecho.
-Querido niño -le dice una voz zalamera-, no queremos hacerte mal ninguno; pero si quieres salir de aquí tienes que pisar ese Cristo.
 
-Eso nunca -dice el niño-. Es mi Dios. No, no y mil veces no.
 
-Acabemos pronto -dicen aquellos malvados ante la firmeza del niño.
 
Va a repetirse la escena del Calvario. Uno acerca las escaleras que apoya sobre la pared; otro presenta el martillo y los clavos, y no falta quien coloca en la rubia cabellera del niño una corona de zarzas, así el parecido con la crucifixión de Cristo será mayor.
  
Con gran sobriedad de palabras refieren las Actas del martirio lo que sucedió:
"Arrimáronle a una pared, renovando furiosos en él la pasión del divino Redentor; crucificáronle, horadando con algunos clavos sus manos y pies; abriéronle el costado con una lanza, y cuando hubo expirado, para que no se descubriese tan enorme maldad, lo envolvieron y ataron en un lío y lo enterraron en la orilla del Ebro en el silencio de la noche".
 
Todos nos imaginamos fácilmente los espasmos de dolor que estremecerían aquellos músculos delicados de niño. Abrieron sus venas para recoger en unos vasos preparados su sangre. Sangre inocente que iba a ser el jugo con que amasasen los panes ácimos de la Pascua.
  
Una vez muerto cortaron sus manos y cabeza, que arrojaron a un pozo de la casa donde había tenido lugar el horrendo crimen. Su cuerpo mutilado fue llevado, como dicen las Actas, a orillas del Ebro. Allí sería más difícil encontrarlo.
  
Los judíos se retiraron a sus casas contentos de haber hecho un gran "servicio" a Dios. La Seo había perdido a su mejor monaguillo y el cielo había ganado un ángel más. Todo esto ocurría la noche del 31 de agosto de 1250.
 
Dios tenía preparado su día de triunfo, su mañana de resurrección, para Dominguito del Val.
  
Mientras en la casa del notario Sancho del Val se oían gemidos de dolor, una extraña aureola aparecía en la ribera del Ebro. Los guardas del puente de barcas echado sobre el río habían visto con asombro durante varios días el mismo acontecimiento. La noticia recorre toda Zaragoza.
   

Algunas autoridades y un grupo de clérigos se dirigen hacia el lugar de la luz misteriosa. Allí hay un pequeño trozo de tierra recientemente removida. Se escarba y, metido en un saco, aparece un bulto sanguinolento. Se comprueba que es el cuerpo mutilado de Dominguito. Una ola de dolor e indignación invade la ciudad de punta a punta.
  
La cabeza y las manos aparecen, también, de una manera milagrosa. Aunque aquí la historia no concuerda. Según una versión, un perrazo negro gime lastimeramente, y sin que nadie le pueda espantar, al borde del pozo a que fueron arrojados los miembros del niño mártir. Es el perro del notario Sancho del Val. Se agota el agua y en el fondo aparecen las manos y cabeza de Dominguito. Otra versión dice que las aguas del pozo se llenaron de resplandeciente luz, que crecieron y desbordadas mostraron el tesoro que guardaban en el fondo. Pronto se supo toda la verdad del hecho. El mismo Albayucet lo iba diciendo:
"Sí, yo he sido. Matadme, me es igual; la mirada del muerto me persigue, y el sueño ha huido de mis ojos".
  
El santo niño había de conseguir el arrepentimiento para su asesino. Bautizado y arrepentido, Albayucet subirá tranquilo a la horca.
"Divulgado el suceso -escribe fray Lamberto de Zaragoza-, y obrados por el divino poder muchos milagros, el obispo Arnaldo dispuso una procesión general, a la que asistió con todo el clero la ciudad, la nobleza, la tropa y la plebe, todos con velas blancas, y llevaron el santo cuerpo por todas las iglesias y calles de la ciudad, hasta por la puerta Cineja, mostrándolo a todos y haciendo ver en él las llagas de las manos y pies y costado".

Hoy mismo es muy viva la devoción que Zaragoza siente por su glorioso mártir. Su fiesta está incluida entre las de primera clase y los niños de coro de La Seo y del Pilar le festejan como Santo patrono. Desde los días del martirio existe la cofradía de Santo Dominguito. El rey Jaime I de Aragón tuvo a honor ser inscrito en ella.
 
Sus restos mortales se conservan en una capilla de la catedral en hermosa urna de alabastro. Sobre la urna un ángel sostiene esta leyenda:
"Aquí yace el bienaventurado niño Domingo del Val, mártir por el nombre de Cristo".
 
MARCOS MARTÍNEZ DE VADILLO
  
ORACIÓN
Oh Dios, que otorgaste a tu inocente mártir el bienaventurado Domingo el premio de la vida perpetua, concédenos te suplicamos, que apoyados por sus méritos y oraciones, merezcamos gozar de la eterna bienaventuranza. Por J. C. N. S. Amén.

martes, 29 de agosto de 2017

LA DEGOLLACIÓN DE SAN JUAN BAUTISTA Vidas de los Santos de A. Butler

Herodes, enviando un alabardero, ordenó
traer la cabeza de Juan en una bandeja
.
(Marcos, 6, 27).
(30 p. C.) - En nuestro artículo del 24 de junio referimos la preparación de San Juan Bautista para su misión exclusiva de predecesor del Mesías. El santo empezó a desempeñarla en el desierto de Judea, sobre las riberas del Jordán, a la altura de Jerícó. Cubierto con pieles, predicó a todos los hombres la obligación de lavar sus pecados con las lágrimas de la penitencia y proclamó la próxima venida del Mesías. Igualmente exhortó a las multitudes a la caridad y la reforma de vida y bautizó en el Jordán a cuantos se hallaban en las debidas disposiciones. Los judíos solían lavarse como símbolo de la purificación interior, pero hasta entonces, el bautismo no había tenido la alta significación mística que le atribuía San Juan. El bautismo representaba para él la purificación del pecado, la preparación para que los hombres participaran en el Reino del Mesías. En otras palabras, era un símbolo sensible de la purificación interior y un tipo del sacramento que Cristo iba a instituir. Ese rito ocupaba un sitio tan prominente en la predicación de Juan, que las gentes empezaron a llamarle "el Bautista", es decir, "el que bautiza". Cuando Juan llevaba ya algún tiempo de predicar y bautizar, el Salvador fue de Nazaret al Jordán y se presentó para ser bautizado. Juan le reconoció por divina revelación y trató de excusarse, pero al fin accedió a bautizarle, por obediencia. El Redentor quiso recibir el bautismo entre los pecadores, no para purificarse, sino para santificar las aguas, según dice San Ambrosio, es decir, para conferirles la virtud de lavar los pecados de los hombres.

La ardiente predicación del Bautista y su santidad y milagros, atrajeron la atención de los judíos sobre él y algunos empezaron a considerarle como el Mesías prometido. Pero Juan declaró que él no hacía más que bautizar en el agua a los pecadores para confirmarlos en el arrepentimiento y prepararlos a una nueva vida, pero que había Otro, que pronto se manifestaría entre ellos, que los bautizaría en la virtud del Espíritu Santo y cuya dignidad era tan grande, que él no era digno de desatar las correas de sus sandalias. No obstante eso, el Bautista había causado tal impresión entre los judíos, que los sacerdotes y levitas de Jerusalén fueron a preguntarle si él era el Mesías esperado. Y San Juan confesó y no negó y dijo: "Yo no soy el Cristo", ni Elias, ni uno de los profetas. Aunque no era Elias, poseía el espíritu de Elias y le superaba en dignidad, pues el profeta había sido el tipo del Bautista. Juan era un profeta y más que un profeta, puesto que su oficio consistía no en anunciar a Cristo a distancia, sino en señalarle a sus contemporáneos. Así pues, como no era Elias en persona, ni un profeta en el sentido estricto de la palabra, respondió negativamente a las preguntas de los judíos y se proclamó simplemente "la voz del que clama en el desierto". En vez de atraer sobre sí las miradas de los hombres, las desviaba hacia las palabras que Dios pronunciaba por su boca. Juan proclamó la mesianidad de Cristo en el bautismo y, precisamente al día siguiente de aquél en que los judíos habían ido a interrogarle, llamó a Jesús "el Cordero de Dios". El Bautista, "como un ángel del Señor, permanecía indiferente a las alabanzas y detracciones", atento únicamente a la voluntad de Dios. No se predicaba a sí mismo sino a Cristo. Y Cristo declaró que Juan era más grande que todos los santos de la antigua ley y el más grande de los nacidos de mujer.
Herodes Antipas, el tetrarca de Galilea, había repudiado a su esposa y vivía con Herodías, quien era juntamente su sobrina y la esposa de su medio hermano Filipo. San Juan Bautista reprendió valientemente al tetrarca y a su cómplice por su conducta escandalosa y dijo a Herodes: "No te es lícito vivir con la mujer de tu hermano". Herodes temía y respetaba a Juan, pues sabía que era un hombre de Dios, pero se sintió muy ofendido por sus palabras. Aunque le respetaba como santo, le odiaba como censor y fue presa de una violenta lucha entre su respeto por la santidad del profeta y su odio por la libertad con que le había reprendido. Finalmente, la cólera del tetrarca, azuzada por Herodías, triunfó sobre el respeto. Para satisfacer a Herodías y tal vez también por temor de la influencia que Juan ejercía sobre el pueblo, Herodes le encarceló en la fortaleza de Maqueronte, cerca del Mar Muerto. Cuando el Bautista se hallaba en la prisión, Cristo dijo de él: "¿A quién fuisteis a ver? ¿A un profeta? En verdad os digo, a un profeta y más que un profeta. De él es de quien está escrito: He aquí que envío a mi ángel delante de ti para que te prepare el camino. En verdad os digo, no hay entre los nacidos de mujer ninguno más grande que Juan el Bautista".
Pero Herodías no perdía la ocasión de azuzar a Herodes contra Juan y de buscar la oportunidad de perderle. La ocasión se presentó con motivo de una fiesta que dio Herodes el día de su cumpleaños a los principales señores de Galilea. Salomé la hija de Herodías y de Filipo, danzó ante los comensales con tal arte, que Herodes juró concederle cuanto le pidiera, aunque fuese la mitad de sus dominios. Herodías aconsejó a su hija que pidiese la cabeza del Bautista y, para impedir que el tetrarca tuviese tiempo de arrepentirse, sugirió a Salomé que exigiese que la cabeza del santo fuese inmediatamente traída en una fuente. Esa extraña petición sorprendió a Herodes. Alban Butler comenta: "Aun aquel hombre de ferocidad poco común se asustó al oír hablar en esa forma a la damisela en aquella fiesta de alegría y regocijo". Pero no pudo negarse por no faltar a su palabra. Sin embargo, como explica San Agustín, con ello cometió el doble pecado de hacer un juramento precipitado y cumplirlo criminalmente. Sin preocuparse de juzgar al Bautista, el tirano dio inmediatamente la orden de que le decapitasen en la prisión y de que trajesen en una fuente su cabeza a Salomé. La joven no tuvo reparo en tomar el plato en sus manos y ofrecérselo a su madre. Así murió el gran precursor del Salvador, el profeta más grande "de cuantos han nacido de mujer". En cuanto se enteraron de la noticia, los discípulos del Bautista recogieron su cuerpo, le dieron sepultura y fueron a contarlo a Jesús. "Y habiéndolo oído, Jesús se retiró a un sitio del desierto". En su obra "Antigüedades Judías", Josefo da un testimonio notable de la santidad de San Juan Bautista: "Era un hombre dotado de todas las virtudes, que exhortaba a los judíos a practicar la justicia con los hombres y la piedad con Dios. También predicaba el bautismo, anunciándoles que serían aceptables a Dios si renunciaban a sus pecados y añadían la pureza de alma a la limpieza del cuerpo". El historiador añade que los judíos atribuyeron al asesinato del Bautista las desgracias que cayeron sobre Herodes.
La fiesta de la degollación de San Juan Bautista empezó a celebrarse en Roma en fecha relativamente tardía. No así en otras ciudades del occidente, ya que la mencionan el Hieronymianum, los dos sacramentarios Gelasianos y el "Liber Comicus" de Toledo (siglo VII). Además, dicha fiesta ya se celebraba probablemente desde antes en Monte Cassino. Como esta conmemoración es distinta a la del Nacimiento del Bautista, de la que los Sinaxarios de Constantinopla hacen mención el mismo día (29 de agosto), podemos suponer que se originó en Palestina. En el Hieronymianum aparece relacionada con la conmemoración del profeta Elíseo. Ello se debe a que en tiempos de San Jerónimo se creía que ambos profetas habían sido sepultados en Sebaste, a una jornada de Jerusalén. El libro de los evangelios de Wurzburgo que data aproximadamente del año 700, conmemora la "Deposición de Elíseo y de San Juan Bautista"; también otros libros de los evangelios conmemoran en la misma fecha a ambos personajes.
Véase la nota bibliográfica sobre San Juan Bautista (24 de junio). Acerca de la fiesta de hoy, cf. Morin, en Revue Bénédictine (1891), p. 487; 1893, p. 120; y 1908, p. 494; F. Cabrol en DAC, vol. v, c. 1431; y L. Duchesne, Christian Worship (1931), p. 270.